Todos los días, Ricardo Caballero —soltero, bien parecido, alto, veinticinco años— pasaba por una elegante tienda de ropa. Tímido, siempre se detenía a contemplar a través del vidrio a una hermosa señorita. Le encantaba la ropa exclusiva y de moda que diariamente vestía. Un día, decidido a conocerla, se paró frente a los aparadores y le dijo valiente pero con voz cortada: <<Señorita, la conozco bien, me he enamorado perdidamente de usted. Me encantaría saber su nombre>>. Aguardaba paciente la respuesta de la bella dama, pero al final se fue intrigado. Alguien le dijo que los maniquíes no hablan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario