martes, 30 de agosto de 2011

Dejarte México

Ya casi era media noche y yo seguía sin poder dormir. Mi mamá me había mandado muy temprano a la cama porque no le gustaba que me quedara tanto tiempo viendo la televisión, que ya nomás pasaban puros programas violentos, y no quería que aprendiera a ser agresivo, que ya eran suficientes los juegos pesados que me enseñaban mis primos y que además tenía que madrugar porque mi tío el Tito vendría a visitarnos y había que tener la casa arreglada y la comida lista para darle la bienvenida. Mi madre dice que van dos años de no verlo, pero yo digo que miente porque la verdad a mí me ha parecido más tiempo.

Me entusiasman mucho las visitas del Tito porque siempre me cuenta historias interesantes de sus viajes. Él es camionero y ha recorrido toda Chihuahua y otros estados de la república. Conoce de lugares y también muchas personas importantes. Cuando yo era más chico me dijo que algún día me enseñaría a manejar uno de sus camiones, que nomás creciera otro poquito para alcanzar los pedales y que me acostumbrara a estar despierto toda la noche. Ahora que venga de visita quizá llegue ese día. Acabo de cumplir los doce; estoy más alto que antes y ya puedo mantener los ojos bien abiertos hasta muy tarde. Pero hoy pronto me gana el sueño, y tratando de encontrarle forma a las sombras sobre las paredes de mi cuarto iluminadas por los rayos de luz de luna que se filtran por mi ventana, decido dormir.

A mediodía mi mamá y yo estábamos preparados para recibir al Tito. Habíamos terminado de colocar unos cuantos globos en las paredes cuando escuchamos el pitido de un carro que se estacionó frente a la casa. Se nos hizo muy raro; una porque aquí en Loma Blanca los carros solamente pasan por la carretera y otra porque los que llegan a circular por las calles son patrullas o ambulancias que vienen a recoger muertos o heridos de bala. Mi madre me apartó y con un poco de miedo fue a asomarse por la ventana. Inmediatamente después me dijo que no había de que preocuparse, que era mi tío que ya había llegado y que saliera a ayudarle a cargar sus maletas. Salí corriendo hacia él y cuando me vio las dejó caer al suelo para poder abrazarme muy fuerte. Así estuvimos largo rato hasta que el carro que lo trajo pitó de nuevo; el señor que conducía le dijo a mi tío que lo esperaba allá donde ya sabía y que no debía demorarse tanto. Luego mi mamá nos llamó a entrar a la casa, el Tito se adelantó y yo lo seguí detrás, arrastrando sus maletas sobre la tierra porque no las aguantaba, y es que pesaban tanto como había pesado su ausencia.

Después de unos días me di cuenta que algo había cambiado en él, quien siempre le veía el lado bueno a las cosas ahora se quejaba de los problemas y hasta había perdido su gran sentido del humor. Antes cuando venía, se la pasaba haciéndonos reír. Con esas risas nos olvidábamos de la inseguridad en el pueblo. Con esas risas ya no escuchábamos las balaceras en las calles todas las noches. Con esas risas sentíamos que vivíamos mejor. Y con esas mismas risas me doy cuenta que solamente tapábamos lo que parece que nunca se va a acabar y que al contrario con el pasar de los días se está haciendo más grave. El Tito se enoja porque no entiende por qué los pueblos del Valle de Juárez tienen nombres como “El Porvenir” o “La Esperanza” si de eso no tienen nada, o como aquel otro que se llama “Guadalupe” como la virgen, esa que ya ni siquiera se acuerda de su gente. Gente que dice que ya no habla porque sus lenguas se las comieron los ratones. Yo pienso que no son ratones, porque los ratones ya tampoco chillan: es el miedo lo que se las tuerce. Y comprendo a mi tío; en situaciones como ésta es muy fácil perder la fe y al final uno se termina contagiando de ese miedo que se respira hasta en el aire. Me contaba historias que no eran como las de antes, ya no me emocionaban: ahora me asustaban. Dijo que se había quedado sin trabajo porque le quemaron su camión por resistirse a pagar la “cuota”. Ya estaba harto de ser extorsionado en cada uno de sus viajes, pero que afortunadamente había ahorrado algo de dinero porque sabía que con gente como esa no se juega, que no es de fiar y más valía estarse prevenido. Me puse muy triste cuando mi tío me contó eso del camión, él sabía cuánto me emocionaba la idea de manejar uno por la carretera. Me secó las lágrimas que resbalaban sobre mis mejillas, me dijo que el era un hombre de palabra y que de esta tierra no se iba hasta cumplir su promesa.

Un día llegó el Tito muy preocupado por lo que había visto en las calles, fue a buscar a mi mamá que estaba en la cocina para informarla inmediatamente. No me dejó escuchar lo que habló con ella. Yo estaba muy intrigado, pero fue hasta la noche cuando mi madre entró a mi cuarto a contarme de lo que se trataba. <<Quieren que nos vayamos>>, así me dijo. << ¿Cuándo? ¿Quién? ¿Por qué?>>, le dije no entendiendo nada. <<Los malos, los de siempre hijo. Quieren que dejemos el pueblo y nos vayamos lejos. >>…Los malos, me quedé pensando. Porque yo nomás conocía a los buenos, a esa gente inocente que no se puede armar, esa gente inocente que no puede tener armas y que está como las gallinas al acecho de los coyotes. Y teníamos que obedecerlos o nos iban a matar. Pasaron los días y las amenazas se incrementaron. Luego hasta nos pusieron fecha para desalojar. Los mensajes fueron dejados en las bancas de los parques, escuelas, puentes y hasta en el hospital, todos diciendo que nos deberíamos ir el 7 marzo o atenernos a las consecuencias. No servía de nada rezar, aunque mi mamá seguía insistiendo. Ahora lo hacíamos desde la casa porque también a Dios nos lo habían quitado. Resulta que cuando se venció la fecha del ultimátum, los malos quemaron la iglesia. También le arrojaron una granada por la ventana a la panadería de Don Leocadio y dicen que la gente de adentro murió calcinada porque no tuvo la oportunidad de salir. En esos días El Tito y yo fuimos a visitar a Doña Febronia, una señora de 90 años que vive a dos calles de nuestra casa. Mi madre y mi tío le tienen un gran aprecio porque de chicos siempre vio por ellos y sentían que estaban en deuda con ella. Siempre se sentaba afuera de su casa y parecía no tener miedo, pero lo reconocía. Según ella desde el año pasado, cuando mataron a varios de los policías municipales y a otros les cortaron la cabeza, los demás renunciaron, incluyendo a uno de sus sobrinos que huyó a los Estados Unidos y por eso no contamos con vigilancia y los cipotes y federales no hacen caso. Cuando llegó la hora de despedirnos dijo que no nos preocupáramos por ella, que no le pasaría nada, al cabo ya había vivido todo lo que tenía que vivir y que dejáramos de tener miedo, que les hiciéramos caso y nos fuéramos muy lejos.

Atento a las palabras de la Febronia, el Tito recogió de nuevo sus cosas y las empacó en las maletas que yo no había podido cargar. Mi madre lo hizo también, con lágrimas en los ojos y una carta escrita a máquina en la mano. Era hora de irnos y con el dinero que mi tío había ahorrado salimos de Loma Blanca. Fue muy triste ver como en las calles ya no caminaba la gente, solamente había perros que ladraban hambrientos hurgando en el pasto crecido de los parques. Los negocios permanecían cerrados y las casas todavía ardían por el fuego de la violencia. Algunos habitantes de la zona, los que tienen papeles han preferido cruzar la frontera hacia los condados vecinos de Texas. Los que no pueden hacerlo se están yendo a Ciudad Juárez, como todos mis primos.

Viajamos medio día en un autobús hasta que llegamos a la salida de una carretera. Ahí nos estaba esperando el mismo carro que trajo al Tito a la casa después de tantos años. Entonces entendí que no solo había venido a visitarnos, sino que también había venido a rescatarnos del infierno en que vivíamos. Tal vez por eso se había ausentado, para juntar mucho dinero y darnos una mejor vida. El señor del carro nos ordenó dejar muchas cosas que traíamos en las maletas, que no debíamos cargar demasiado porque nos esperaba un largo camino todavía, así que era mejor aligerarlas un poco para no cansarnos en el trayecto. Aunque el Tito siempre era muy discreto, pude ver cómo le entregaba un montón de billetes verdes al señor del carro. Después me explicó que ese hombre era un coyote: una persona que cobraba dinero para pasar gente a los Estados Unidos. <<Es lo mejor>>, me dijo. <<Allá tengo conocidos que nos van a acomodar. ¡No te preocupes hombre!, ¡no seas rajón! >>. No estaba muy convencido hasta que mi madre volteó a verme y con su mirada me tranquilizó. Subimos pues al carro y se puso en marcha. Ya entrada la noche se detuvo. Yo estaba dormido y la voz del señor que conducía me despertó: <<¡Ya llegamos y aquí termina mi trabajo señores!>> eso nos dijo mientras abría las puertas del carro. Nos dejó en un lugar muy solitario a un lado de la carretera, donde nada más había un hombre, que parecía que también nos esperaba y que nos habló: <<Sigan por ahí derecho sin detenerse, cuídense de los animales ponzoñosos y no coman las hierbas porque son venenosas>>. Luego nos acompañó unos metros por ese camino que nos había indicado hasta que el terreno se tornó de pura piedra. Nos deseó suerte y nos dejó continuar solos. Él se regresó a la carretera agachado, y caminando hacia atrás paso a paso con una escobilla en la mano fue limpiando el camino de tierra que habíamos pisado, borrando nuestras huellas, así como si nadie nunca por ahí hubiese cruzado.

Han pasado varios meses desde que llegamos a Texas como ilegales. He vuelto a dormir tranquilo, pero aún tengo una herida abierta en el corazón que se niega a sanar. <<Nunca te olvides de tus colores mijito, porque los que se van de su tierra se vuelven unos desarraigados y no regresan nunca. >> Eso me dijo mi padre la noche que dejó esta vida por una bala perdida que le pegó en la cabeza. Y es que tengo miedo de regresar, allá nos pueden matar como a él. Los sicarios nos dieron una carta, que si no nos íbamos del pueblo nos mataban. Era un escrito a máquina, y decía <<tienen unas horas para salir>>. Y no teníamos de otra más que dejarte a ti, México.

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